jueves, 4 de julio de 2019

Jóvenes, agentes de cambio


Fátima Cevallos, educadora del programa Esfera Jove y Xavier Navarro, responsable del programa Vente Pa’Ka. Fundación Marianao

Las personas vivimos y nos relacio­namos en determinados territorios y contextos, los cuales, en ocasiones, transcienden el hecho de ser única­mente espacios físicos-geográficos y pasan a ser espacios simbólicos en donde se construyen vínculos socia­les y se crea comunidad. Cierto es que, como agentes y recursos socia­les acompañamos procesos de vida y socialización de las personas en sus comunidades, desarrollando accio­nes encaminadas hacia su promo­ción y construcción de comunidades de más calidad relacional.

En esta línea, consideramos impres­cindible, el reconocimiento de la participación y el ocio y tiempo libre como derechos indiscutibles, desde la infancia y la adolescencia. Cree­mos realmente en una adolescencia y juventud activadora de participa­ción real, con capacidad de liderazgo y sensible con la realidad de su en­torno; es por ello que reivindicamos una intervención socioeducativa desde edades tempranas, desde las aulas de los colegios, porque la par­ticipación se aprende y enriquece el currículum escolar; así como, el acompañamiento y soporte al co­lectivo juvenil, en el descubrimiento de su propio proyecto de grupo en su comunidad, en sintonía con sus necesidades y motivaciones perso­nales y sociales.

Así también, una intervención que contemple una mirada global, sin perder la singularidad de cada joven, el cual, lleva a sus espaldas un equi­paje lleno de significativas experien­cias, que le hacen único y especial y en su proceso de construcción de vínculos seguros y sólidos, los cen­tros juveniles de ocio y tiempo libre representan valiosos espacios de re­ferencia, relación y aprendizaje des­de la educación no formal.

A modo de ejemplo, el Programa Esfera Jove, de la Fundación Maria­nao, trabaja por “fortalecer el tejido asociativo juvenil de la comunidad, y su compromiso social, personalizan­do las experiencias participativas y educativas de las y los adolescentes y jóvenes”, a través de la formación en participación, mediante los créditos de participación que se imparten en el instituto y el curso de dinamiza­dores juveniles; el acompañamiento y soporte técnico a jóvenes que for­man parte del vivero de proyectos sociales y el fomento de la autoges­tión de actividades comunitarias en el centro juvenil “lokal9”.

Así como, el Programa de ocio alter­nativo “Vente Pa’ka” en el que son las y los propios jóvenes, quienes crean y desarrollan actividades culturales y deportivas, de ocio saludable, los fines de semana y en horario noctur­no, para los propios jóvenes de su ciu­dad, escuchando sus motivaciones e intereses. Este proceso de liderazgo juvenil, les sitúa como personas ac­tivas que se coorganizan colectiva­mente y son capaces de crear alter­nativas innovadoras (Escape Room, cocina japonesa, salsa “choke”, taller de magia…), en las que participan centenares de participantes.

Cierto es que, existen evidencias científicas que explican como las y los jóvenes, después de pasar por procesos participativos y de lideraz­go juvenil, como es el caso de los centros de ocio y tiempo libre, han visto reforzadas sus competencias intrapersonales e interpersonales, así como desarrollado una humana sensibilidad e implicación en lo que concierne a las cuestiones sociales de su comunidad desde una óptica critica; la adquisición natural de unos valores democráticos, o el refuerzo en sus futuras competencias profe­sionales, entre otras.

Cabe destacar, la importancia de un enfoque interdisciplinar, cuyos agentes compartan una mirada sis­témica de la realidad y trabajen en red, estableciendo sinergias entre la administración pública, recursos técnicos, entidades del tercer sector, ciudadanía…por tal de generar un ecosistema 360º real de aprendizaje.

Finalmente, nos gustaría hacer hin­capié en la necesidad de situar a la infancia y adolescencia en el centro de las políticas públicas; así como en la corresponsabilidad que tenemos como ciudadanas y ciudadanos en la construcción de comunidades más cohesionadas, educativas, justas. To­das y todos somos constructores de oportunidades y humanidad.

viernes, 7 de junio de 2019

La felicidad… una televisión de 47 pulgadas


Héctor Colunga Cabaleiro, director Mar de Niebla-Asturias

Recuerdo aquella noche como si fuera hoy. Estábamos disfrutando de una rica cena en un mexicano de Barcelona. La conversación iba ganando profundidad pseudointelectual entre plato y plato. En ese momento un amigo suelta esa gran perla… “para mí la felicidad es una televisión de 47 pulgadas”. Lejos de parecer una broma, su argumento era expresado con la serenidad de alguien que cree y se cree lo que está diciendo. Ese día me hizo pensar mucho. ¿Cuánta gente puede sentir y vivir la vida soñando con teles de 47 pulgadas?...

Cuando pensamos en la educación, nuestro imaginario colectivo nos lleva directamente a construir una escuela, visualizar un libro de texto o evocar la voz de un profesor o profesora. Pensamos en ecuaciones, capitales del mundo o elementos de la tabla periódica. Queremos que niños, niñas y jóvenes sean los mejores  y sepan mucho para tener un buen empleo y poder comprarse una casa, un coche… ¿y una tele de 47 pulgadas?

A mí me gusta pensar en dónde está el alma y la intencionalidad de las cosas, de los procesos… ¿Dónde está el por qué, el para qué y el cómo? Y me niego a entender la educación como un proceso instrumental que busca generar seres individuales alejados del pensamiento crítico o de un enfoque hacia el bien común.

Quizás lo que en muchas ocasiones nos falte es entender la educación como un gran universo donde deben convivir multiplicidad de agentes, caminos, experiencias y oportunidades. Donde la comunidad juegue un papel referente y no testimonial. Donde se potencie el descubrimiento. Un universo infinito que también fortalezca nuestras competencias colectivas de ciudadanía. El sistema educativo tiene ese gran reto, esa gran tarea y responsabilidad.

Aquí es donde quiero poner de relieve el papel que jugamos las entidades, las asociaciones, fundaciones… la sociedad civil organizada, el tercer sector. Y dentro de todo el tipo de entidades que pueden existir, sobremanera aquellas que tienen base arraigada en el territorio, organizaciones que forman y conforman la realidad comunitaria de su entorno. Es en estos espacios donde se contribuye a vertebrar esas competencias colectivas ciudadanas. Pero veamos algunas.

Uno de los grandes retos que vivimos, y que el sistema educativo debe contribuir a resolver, es la convivencia. El entender y aprender que la diversidad enriquece, fortalece y ayuda a construir respuestas distintas. Vivir en una realidad homogénea no estimula la innovación, la cohesión o la proactividad. ¿Nos suenan algunas de estas palabras?... son factores claves en algo que nos encanta poner en negrita: el emprendimiento. Una cultura (o práctica) que solo se estimula desde la capacidad de acción que tenemos las personas, desde la experimentación, desde la resolución y transformación de aquellas cosas que pensamos se pueden mejorar.

Pero no se trata solo de convivir y tener capacidad de acción, algo que en muchas ocasiones nos sorprende es cómo hemos desaprendido a organizarnos. Tendemos cada vez más a esperar que las soluciones nos vengan dadas, que Google o Amazon nos ofrezcan el producto que nos resolverá todo. Una sociedad debe ser proactiva, y para ello debe entender y vivir con naturalidad la búsqueda de consensos, el trabajo en equipo, la mirada procesual. Debemos querer, poder y saber que se pueden hacer cosas; y para ello se necesita organización.

¿Por qué ocurren las cosas? ¿Por qué se pagan impuestos? ¿Cómo llega una camiseta a la estantería de una tienda? ¿Por qué hay más de un 20 % de personas en riesgo de exclusión y pobreza en nuestro país?... Todo tiene explicación. Todo puede ser respondido. Sin dudas, sin capacidad de replantearse lo que vemos y vivimos, nunca se podrán estimular muchas de las cosas que queremos que niños, niñas y jóvenes hagan en un futuro. Ese pensamiento crítico es vital para no vivir en un matrix manipulado. Es un elemento de protección en una realidad que va tan rápida que no nos permite disfrutar del maravilloso viaje que es la vida.

Estas son solo algunas de las competencias colectivas ciudadanas que desde las entidades día a día intentamos fortalecer. Un pequeño granito de arena a nuestro sistema educativo construido desde la educación no formal. Un trabajo que si se protegiera, potenciara y cuidara seguro que haría entender que la felicidad no es una televisión de 47 pulgadas.

viernes, 3 de mayo de 2019

Imagina




María Victoria García Martín. Educadora Centro Menesiano ZamoraJoven.


Imagina que estás en tu casa y apa­recen dos personas acompañadas por la policía y te dicen que tienes que recoger tus cosas porque te vas a vivir a otro lugar lejos de tu fa­milia. ¿Sientes el pánico o la rabia?

Imagina que vas a vivir a un sitio en el que hay un montón de normas nuevas y en el que tienes que hacer tareas y rutinas que nunca antes habías hecho. ¿Sientes la sensación de confusión?
Imagina que una vez allí te das cuenta de que tienes que vivir con once personas más de edades pa­recidas a las tuyas, y que con algu­nas de ellas no es muy fácil la con­vivencia. ¿Sientes la inseguridad?

Imagina que cada día aparecen adultos que cambian cada ocho horas que te van diciendo lo que tienes que hacer, cómo hacerlo, que te preguntan por tu situa­ción personal, emocional, familiar. ¿Sientes la sensación de invasión de tu intimidad?

Imagina que una persona que no conoces de nada es quien decide a qué personas de tu familia ves, en qué horario y dónde. Además es quién firma de manera legal todos los documentos que te autorizan a realizar actividades lúdicas, forma­tivas, incluso intervenciones sani­tarias. ¿Sientes la impotencia?

Imagina que tienes que ir al médi­co y que tienes que quedarte en el hospital, pero, como tu familia no está autorizada a visitarte, te ves en la obligación de explicar a todo el personal y a tu compañera de habitación que esas personas que están contigo no son de tu familia. ¿Sientes la soledad y el desarraigo?

Imagina que pasan tres años, que a pesar de todas las dificultades que has tenido para adaptarte a este nuevo sistema, lo has logrado: has adquirido las rutinas y la normativa del lugar donde vives, has aprendi­do a lidiar con las particularidades y rarezas de todas las personas con las que convives (iguales y adultos), has superado que en clase te miren como un bicho raro por vivir en ese sitio, o que lo hagan con pena o culpándote de tu situación. Has conseguido vencer el miedo y has hablado con una persona que te ha ayudado a ver de otro modo los sucesos de tu vida que han hecho que te separasen de tu familia. In­cluso podrías decir que te encuen­tras en una buena etapa de tu vida. ¿Sientes la tranquilidad y satisfac­ción personal?

Ahora imagina que te dicen que ya no puedes estar más en ese si­tio, que se ha acabado el tiempo para permanecer allí. No puedes volver a tu casa porque ahora ya sabes que no es lo que te convie­ne, pero tampoco tienes trabajo ni solvencia económica para ser independiente. ¿Sientes el vértigo ante este abismo?

Imagina que todo esto ha sucedi­do por haber sido tutelada por el sistema de protección de menores, sin ser culpable de nada, a pesar de que en varias ocasiones te ha­yan tratado injustamente, hacién­dote dudar si tu rol es de víctima o de verdugo. En cambio, las per­sonas que te han hecho daño a lo largo de tu infancia siguen con sus vidas con total normalidad. Sin embargo, tú has modificado todo tu mundo en uno de los periodos evolutivos más críticos. ¿Sientes la sensación de tremenda injusticia?

Para terminar, imagina que tienes la capacidad de hacer que el trato que reciben estos menores de tu persona, sea cual sea tu campo de acción, sea empático, respetuoso y delicado. Imagina que tienes el po­der y el interés genuino de trans­formar un poco su realidad. ¿Sien­tes la motivación y la sensación de poder que reside en tu persona?

viernes, 5 de abril de 2019

Hablemos de coeducación


María Ruiz Chueca. Mentora de adolescentes en riesgo en Espacio Ariadna. FAIM.

La igualdad entre hombres y mujeres ha sido, y sigue siendo una preocupación dentro del sistema educativo. Esto ha hecho que cada vez más centros traten de buscar un hueco para trabajar la igualdad de género en las aulas y avanzar poco a poco hacia la coeducación real. Es además un tema que tiene un alto impacto social, como pudimos comprobar en la manifestación del 8 de marzo de este año y del pasado año 2018, cuando las calles se tiñeron de morado.

Por todo ello, los y las profesionales de la educación debemos plantearnos cómo trabajar para que la equidad sea real y no se quede sólo en el papel. Para conseguirlo, es esencial que seamos conscientes de los avances de los derechos de la mujer alcanzados hasta la fecha, además de ponerlos en valor, ya que posibilitan, entre otras cosas, que yo esté escribiendo esto hoy.

Si nos referimos a los cambios sociales, es interesante saber, por ejemplo, que en 1872 se matriculó la primera mujer en la Universidad, pero que hasta 1910 no se permitió el acceso a la universidad de las mujeres sin un permiso especial de las autoridades académicas.

Si hablamos desde el punto de vista legislativo, desde la aprobación de la Ley General de Educación en 1970, ésta es un derecho gratuito, con currículos iguales para hombres y mujeres. Sin embargo, hoy en día, las leyes de educación no son ni siquiera del todo inclusivas en este aspecto, como demuestran informes nacionales y europeos (Véase por ejemplo, el análisis de la CEDAW sobre la coeducación en la LOMCE).

Desde los Equipos y Departamentos de Orientación tenemos mucho que decir al respecto y debemos trabajar de manera conjunta y en la misma dirección que el equipo docente. Hoy en día, en la mayoría de los centros educativos se interviene por programas, lo que permite trabajar diferentes áreas que promuevan el desarrollo integral del alumnado. Los y las docentes ya no son poseedores absolutos del conocimiento, cuyo papel es instruir al alumnado, sino que se avanza hacia un modelo educativo en el que guíen a los alumnos y las alumnas en su propio aprendizaje. Pero, ¿pasa lo mismo con los valores como la igualdad de género? Desde las leyes de educación, se trata de promover entre el alumnado el pensamiento crítico y los valores sociales y cívicos necesarios para el avance social. Pero hay algo que falla cuando las cifras de violencia de entre ellos mismos, con la pareja y en el entorno familiar no descienden.

Deberíamos centrarnos en la coeducación como un modelo que nos haga avanzar en ese sentido, yendo más allá de reflexiones puntuales sobre la igualdad en días concretos, como el 8 de marzo o el 25 de noviembre. ¿Sabéis que la presencia de mujeres en los libros de texto es de un 12,8%? ¿Os habéis fijado en que las ilustraciones de los libros de texto siguen reproduciendo los roles tradicionales de género? ¿o incluso que el patio está distribuido de manera que el campo de fútbol, normalmente sitio habitual de juego para los niños, está situado en el centro de los recreos?

Me gustaría aprovechar este espacio para animar a los y las profesionales de la educación a formarse en la educación inclusiva, compartir nuevas maneras de intervenir y tratar de promover en los centros, no sólo programas de igualdad sino también, una nueva manera de educar, en la que los alumnos y las alumnas tengan las mismas oportunidades independientemente de su género.

viernes, 8 de marzo de 2019

La Educación Sexual cuando toque, no cuando yo quiera

Violeta Assiego, analista e investigadora social.


Nadie cuestiona la idea de que las niñas, niños y adolescentes tengan derechos. Sin embargo, existe una impresión generalizada y equivocada de cómo deben disfrutar de ellos.  Por ejemplo, la labor educativa y de acompañamiento suele centrarse en los aprendizajes y las habilidades, olvidando (casi por completo) el que posiblemente sea uno de los derechos más importantes de los que tenemos, también durante la infancia y la adolescencia: el derecho a ser escuchado.

Este va más allá de la participación, ahora tan de moda, que anima y permite a las niñas, niños y adolescentes (normalmente en asambleas y otros espacios grupales) a debatir y hablar sobre asuntos que les preocupan o que los adultos creemos que deben preocuparles. Un modelo de participación un tanto condescendiente, poco preparado para el debate, el conflicto y la asimetría, y en el que los adultos ‘dirigimos’ la participación de forma que podamos cumplir la planificación o responder a los objetivos del programa.

Creemos de esta forma, falsamente, que estamos dando voz a las niñas, niños y adolescentes y que expresando sus opiniones libremente cuando nosotros les dejamos estamos explorando suficientemente las cosas que les afectan y experimentan. Pero, al igual que nos pasa a nosotros, cuando algo nos afecta tiene que ser muy grande o grave para contarlo en el espacio habilitado, estructurado y preparado a tal efecto. Las “opiniones expresadas libremente” fluyen, normalmente, de forma espontánea, algo que, depende de dónde y cuando, tendemos a interpretar como impertinente o inoportuno, fuera de lugar.

El derecho a ser escuchado y la participación de la infancia y la adolescencia no es tal, si (en definitiva) terminamos nosotros diciendo lo que puede o no decirse y en qué espacios. A las niñas, niños y adolescentes les pasan cosas, continuamente; cosas que nos desbordan y que ellos no saben bien cómo aprender ni encajar, cosas que no siempre se solucionan mandándoles a una atención especializada e individual, medicándoles para calmar la ansiedad o apartándoles para que no interrumpan el ritmo grupal. A las niñas, niños y adolescentes les pasan cosas y terminarán por averiguar cómo hacerles frente bien a través de sus grupos de WhatsApp, de los youtubers o de las referencias adultas que tengan más cerca (unas veces admiradas y otras temidas).

No puede extrañarnos, por tanto, que –si ni nosotros sabemos qué hacer ni qué es eso del derecho a ser escuchado en los espacios donde trabajamos– las niñas, niños y adolescente, más allá de contar cosas cuando nosotros les decimos que pueden hacerlo, necesiten explorar y dar respuesta a sus emociones y experiencias, encontrar caminos, y alternativas que les ayuden a canalizarlos más allá de ‘nuestros’ espacios de participación.

Las niñas, niños y adolescentes hablan, sienten y piensan estemos nosotros o no, es más, a medida que crecen, suelen hacerlo con más naturalidad y sinceridad cuando nos estamos delante.

Sin embargo, en algunos temas, escucharlos es imprescindible no solo importante. Uno de esos asuntos clave para su desarrollo es la educación sexual, una de las demandas clásicas de las organizaciones de infancia no solo para educar sino para luchar contra la violencia de género y sexual.

Pero ¿cómo hablar de sexo y sexualidad cuando ese sigue siendo un tema delicado y complejo también entre nosotras y nosotros? Resulta este uno de los mejores ejemplos de cómo algo solo se aborda cuando el adulto está preparado para hablarlo. Sin embargo, el derecho a ser escuchado, también en la infancia y adolescencia, se ejerce cuando algo te afecta no cuando el otro siente que no le va a suponer un problema.

En este sentido, resulta aconsejable y muy ilustrativa la serie ‘Sex Education’ que se puede ver en Neftlix. Con mucho humor, pero a la vez fiel a la realidad,  muestra como (de principio a fin) es entre los propios adolescentes cómo se tejen las respuestas a las dudas y problemas sexuales que tienen que afrontar, porque los cambios hormonales y el deseo sexual no pueden esperar a que los adultos tengamos un rato para hablar.

La única pega que tiene la serie es que la situación que plantea es idílica y que la probabilidad de que entre un grupo de adolescentes exista uno como el protagonista es muy escasa. Sin embargo, el resto del planteamiento, absolutamente desprejuiciado es ejemplar. Es más, la serie por sí misma podría servir para canalizar la responsabilidad adulta de escuchar y hablar de un tema que, inexplicable y patológicamente, suele incomodar. Posiblemente, porque ni nosotros mismos sabemos lo suficiente cómo para transmitir que la sexualidad, siempre desde el consentimiento y la libertad, es uno de los espacios donde más podemos disfrutar. Solo aceptar esto en público puede ser interpretado como ofensivo, porque el sexo sigue siendo un tabú, aunque la violencia sexual esté dejándolo de ser. Pero esta solo se podrá atacar de raíz si logramos aceptar que necesitamos, todas y todos, más educación sexual.

viernes, 8 de febrero de 2019

Comenzando el 2019, vamos a hablar de educación



Cándido Alberto Ruiz Cimarras, educador del Centro Menesiano ZamoraJoven


Educación…, una palabra muy recurrida en muchos momentos de nuestra vida y utilizada por toda la sociedad, pero de la que parece que hacemos un uso casi banal.

¿Qué es educar? ¿quién tiene que educar? ¿cómo se tiene que educar? ¿para qué se tiene que educar? Pueden ser algunas de las preguntas a las que deberíamos enfrentarnos antes de pensar más allá, a las que deberíamos enfrentarnos cuando vemos y experimentamos que algo falla en el constructo de nuestra sociedad para tener que recurrir a ella tan frecuentemente, ante las que deberíamos responder cuando somos conscientes que, o hacemos algo que genere un cambio, que rompa con lo establecido…, o mal vamos a llevarlo.

Educar entiendo, desde mi humilde opinión, que puede ser todo aquello que ayuda a construir, a crecer, a madurar a la persona, a construir la sociedad.

Educamos en cada momento de nuestras vidas, más si se es referente en algún ámbito concreto, pero cualquiera educa desde su posición. Todos somos ejemplo o muestra en algún momento. Todos somos capaces de trasmitir conocimientos, vivencias, todos somos capaces de transmitir la esencia de nuestra persona, de lo que somos. Por medio de lo que hacemos, o dejamos de hacer, por todo aquello que decimos o que callamos, por todo aquello que simplemente interpretamos. En definitiva, todos formamos parte de algo más grande que nosotros mismos o lo que nosotros pensamos como individuos, y eso que aportamos, eso que brindamos a los que nos rodean, también es educar.

Todo el mundo es responsable de su propia educación y de la de aquellos que están a su alrededor, sin importar la posición, edad, sexo, creencia…, todos tenemos esa responsabilidad por el simple hecho de ser parte de esta sociedad. No podemos dejar la responsabilidad de educar en manos de otras personas, porque no puede ser así. Nosotros, todos, somos responsables de ello, y mirar hacia otro lado no hace sino agravar determinadas situaciones de las que luego todos vamos a ser víctimas o vamos a padecerlas.

Podemos educar desde varios ámbitos, pasando desde la formalidad de los sistemas establecidos, a la informalidad de las propias relaciones humanas, pero todos esos ámbitos tienen en común la responsabilidad de saber que lo que hacemos o decimos tiene repercusiones, que formamos parte de un gran engranaje que hace que todos seamos necesarios, que hace que todos nos beneficiemos o no de saber cuál es nuestro papel, y como tenemos que jugarlo.

Creo a la hora de responder “para qué se tiene que educar” es necesario pensar en un beneficio mayor que el personal. Educar es necesario para seguir avanzando como sociedad. La educación es la base del cambio, es un ejercicio de bondad y responsabilidad hacia los demás.

Educar es un  ejercicio de prevención global, es la manera de forjar cimientos de personalidades estables, correctas, justas, coherentes. Educar es potenciar las capacidades de cada una de las personas para que sigan formando parte de ese gran engranaje, para seguir avanzando hacia la mejora de las personas, de nuestra sociedad, para seguir comprendiendo que gran parte de lo que soy, es lo que otros han dejado de impronta en mí, y que quiero pensar que en un futuro otras personas serán al menos una parte de lo que yo he dejado en ellas.

Creo que es importante poner todo nuestro empeño en ser mejores personas, en dar nuestra mejor versión en todo lo que hacemos, en creer que podemos aportar algo para seguir avanzando, en sentirnos parte viva de la sociedad, en educar desde los sentimientos, desde la cercanía, desde la comprensión, desde nuestra esencia personal, desde lo que soy y tengo para mostrar y ofrecer a los demás.

jueves, 10 de enero de 2019

Pioneros, respuestas educativas para la transformación social

Pioneros de Pamplona, Logroño y Oviedo de los años 70, 80 y 90.

Es difícil responder a qué es o qué supuso Pioneros para quienes lo vivimos. Tenemos la respuesta en forma de emociones, pasarlas a palabras es complejo.

Desde su inicio Pioneros se ha guiado por un ideario resumido en una frase que, a modo de lema, figuraba en su sello de caucho: PIONEROS, Educación en libertad. Amistad, libertad y lucha.

Este lema se plasmaba en el quehacer educativo cotidiano y consistía en ayudar a jóvenes a crear vínculos más allá del entorno cercano, tender puentes de entendimiento de su realidad, enfrentar las contradicciones, comprometerse con los demás, aceptar al diferente, descubrir que los problemas individuales son colectivos y se puede hacer cosas para cambiarlos. En definitiva, se trataba de crear espacios educativos para favorecer lazos que unen, reflexiones libres y acciones trasformadoras.

También se ha plasmado en el quehacer de Pioneros como organización. Detectar necesidades promoviendo respuestas para dar oportunidades a quienes carecen de ellas, configuran una forma de caminar, de pensar y de actuar en todos los ámbitos: personal, social y profesional que propició poner en marcha recursos educativos en la búsqueda de soluciones para la mejora individual y colectiva.

En los barrios obreros de los años 70 en Pamplona, horadados por la falta de recursos y el avance de las drogas, las chavalas y chavales no encuentran horizontes. Unos jóvenes Pioneros empiezan a organizarse para ofrecerles respuestas armados de palabras y canciones.

El contexto social de los jóvenes hacía que muchos de ellos acabaran en la delincuencia. La respuesta de Pioneros fueron los educadores de calle.

Los jóvenes en esos días no tenían espacios para reunirse y pasar su tiempo libre. La respuesta de Pioneros fue el Club Juventus, en Logroño, y Club El Cañu, en Oviedo.

El educador en ocasiones se encontraba sin recursos ante el joven. La respuesta de Pioneros fue poner en marcha un equipo técnico que apoyara al educador y al joven.

Los jóvenes con fracaso escolar generalmente acababan excluidos del mercado laboral. La respuesta de Pioneros fue poner en marcha un Taller escuela.

Los jóvenes en conflicto familiar se escapaban de casa y carecían de techo. La respuesta de Pioneros fue poner en marcha un piso de acogida.

Los jóvenes no tenían más voz que las estridencias de sus conflictos. La respuesta de Pioneros fue ser portavoces de sus necesidades.

Las madres, saturadas por los problemas, buscaban respuestas. Pioneros creó el grupo de mujeres Casiopea.

La legislación ofrece a los menores que delinquen cumplir medidas distintas al internamiento en régimen cerrado. La respuesta de Pioneros fue ofrecer un programa de medidas alternativas.

La supervivencia económica de Pioneros como entidad pública estaba en riesgo. La respuesta fue alumbrar la Fundación.

Todas estas respuestas, no son experiencias  aisladas, sino que obedecen a un mismo hilo conductor que se origina en el barrio de Yagüe, y siguió en Pamplona, Oviedo y Barcelona.

No podemos dejar pasar la oportunidad de reivindicar el Centro de Formación, que se tuvo que cerrar hace un par de años.

Nada hay más educativo para un chico o chica que poder hacer con sus manos un producto que sea útil para alguien. Es por ello que, aun siendo conscientes de las dificultades, echamos de menos en nuestra Comunidad, un recurso de estas características destinado a hacer frente al fracaso escolar temprano. Un dispositivo educativo como el Taller, que Pioneros ha demostrado saber hacer y saber hacer bien todos estos años.

La idea de montar un Taller de reciclaje y soldadura, fue un empeño personal de Julián Rezola, él más que nadie sabía el valor educativo del trabajo, no en balde era de oficio, ajustador, herrero y hasta el último día de su vida educador.

Así lo ilustra este párrafo escrito por uno de los jóvenes que frecuentaban el Taller de herrería que Julián tenía en plena Ciutat Vella de Barcelona:

“Para Julián a las personas se las tenía que abrir aunque fuera con ganzúas y cinceles, airearlas y sobre todo despertarlas de su letargo social, no importaba su extracción social, a cada cual su misión, ya fueras pandillero o el jubilado de la esquina, cada uno deberá encargarse del despertar propio y del ajeno ”.