viernes, 6 de septiembre de 2019

Jóvenes con mucho potencial en busca de oportunidades de futuro


Eduardo Sanz García. Trabajador social, terapeuta familiar. Director de la Empresa de Inserción Ilundain. Fundación Ilundain.

En España la educación es un de­recho fundamental que supone la base de un modelo social que debería garantizar la igualdad de oportunidades a sus ciudadanos y ciudadanas. Para muchas familias en situación de exclusión social la educación es el único camino que les queda para romper estas dinámicas. La expectativa de man­tener o mejorar el estatus familiar comienza a partir del mayor o me­nor grado de aprovechamiento académico. Sin embargo el aban­dono escolar es ya un fenómeno estructural de nuestro modelo y uno de cada cuatro jóvenes se desvincula en España del sistema educativo. Estas personas habi­tualmente se ven afectadas por di­ferentes dificultades personales y familiares que cristalizan a lo largo de su adolescencia. Problemáticas que no han elegido y que nuestro sistema educativo no es capaz de abordar.

No finalizar la Educación Secun­daria Obligatoria (ESO) supone la pérdida de gran parte de las opor­tunidades laborales y conduce a una suerte de estatus social mar­cado por la precariedad laboral y económica. Será costoso y difícil revertir este problema durante décadas. En muchos casos estas personas iniciarán a su vez dife­rentes dinámicas de exclusión so­cial. Fracaso y abandono escolar son términos que culpabilizan y responsabilizan a estas personas y suponen un estigma con el que tendrán que vivir.

Las últimas investigaciones del Instituto Nacional de Estadística son muy claras al respecto: nues­tro sistema educativo no solo no lucha contra la pobreza y la exclu­sión, sino que la perpetúa. Existe una transmisión intergeneracional de la pobreza. El nivel educativo y económico de las familias con­diciona el nivel educativo al que pueden aspirar sus hijos e hijas.

Esta situación nos debería llevar a una importante reflexión éti­ca como sociedad respecto a la igualdad de oportunidades. Sin embargo nuestro modelo educa­tivo olvida la diversidad y tiende a la excelencia por sistema. Se encuentra en total sintonía con un modelo de sociedad neoliberal que perpetúa la desigualdad de forma estructural.

El sistema educativo actual atien­de a la diversidad con pocos recur­sos, separando a quienes más ne­cesidades tienen y excluyendo lo diferente. Tras la crisis económica se recortaron 10.000 millones de euros en educación que afectaron directamente a apoyos y equi­pos de orientación dirigidos a los alumnos y alumnas con más nece­sidades. Ahora nos toca abordar los efectos de negar el pan y la sal a aquellos que más lo necesitan.

Conviene tratar estos recursos en términos de prevención y ahorro económico: Eurofound monetiza­ba hace ya unos años el coste del fracaso escolar español en térmi­nos de no participación de la eco­nomía y gastos sociales (sanitario, penitenciario…) calculando que la desvinculación formativa supo­ne en España alrededor de 15.700 millones de euros anuales. Cada euro dedicado en educación y prevención revierte multiplicado por 10 a la sociedad.

Incidir en el momento de la juven­tud es clave y genera un punto de inflexión que invierte la tendencia. Abordar estas dificultades a tra­vés de itinerarios de orientación, formación y acompañamiento al empleo permite frenar estas diná­micas de exclusión social. Supone una fórmula de éxito contrastada a través de diferentes proyectos sociales en todo el Estado. A pesar de esto este tipo de recursos no son estables ni están garantizados de forma estructurada en ninguna comunidad. Es necesario conso­lidar estos recursos para ofrecer una respuesta integral, trabajan­do la prevención de necesidades futuras. Con este objetivo mu­chos proyectos sociales de todo el estado se han alineado en una Asociación Nacional denominada “Escuelas de Segunda Oportuni­dad”. Entidades que comparten objetivos comunes, que apuestan por la cohesión social y la igualdad de oportunidades para las per­sonas más vulnerables: jóvenes con mucho potencial en busca de oportunidades de futuro.

viernes, 2 de agosto de 2019

El teatro es un arma cargada de futuro


Iván Alvarado Castro. Profesor Asociado. Departamento de Antropología Social y Cultural. Universidad Autónoma de Madrid.

Siempre me gustó la poesía de Gabriel Celaya, me parece que retrata con más fuerza que ningún otro el papel que ha de jugar el arte en la sociedad, el ejemplo más claro de ese papel se suele vivir en periodos revo­lucionarios, cuando la eferves­cencia artística no para de bro­tar. Eso mismo acaeció como un gran ejemplo en el Chile de Salvador Allende.

Me obsesioné con dicho perio­do estudiándolo desde varios ángulos: historia, política, cine, etc; hasta que encontré la mi­rada antropológica, desde ese punto de vista pude hacerme las preguntas pertinentes para intentar dar respuesta a una única pregunta, ¿qué papel puede jugar el arte, en concre­to el teatro, para construir un sujeto político?

Gracias a un punto de vista an­tropológico pude entender el poder desde un punto de vista más ligado a Michel Foucault, el poder no es un ente abstrac­to, son relaciones de poder que se van perfeccionando con el tiempo, como si de una tec­nología se tratara. Si este es el comportamiento del poder que genera sujetos dóciles enton­ces por qué no preguntarnos la misma cuestión, pero en senti­do contrario, cómo se generan sujetos politizados desde un poder que se perfecciona, pero no para oprimir sino para abrir potencialidades de liberación.

La conexión que tiene el teatro con esta concepción del poder se encuentra, desde mi punto de vista, en la obra de Augusto Boal. Para el brasileño, el teatro es “un ensayo de la revolución”. Por tanto, si vamos haciendo primero pequeños juegos, des­pués acciones en diferentes es­pacios, llevando discursos de lo privado a lo público, que con el paso del tiempo podríamos transformarnos en un nuevo sujeto que cambia su modo de ver la realidad y sobre todo, que en esa nueva visión empie­za a relacionarse con ella de un modo diferente.

El teatro es la herramienta artís­tica más sencilla para ello por­que, como también decía Boal, cualquier persona puede hacer teatro, incluso los actores y ac­trices. Todas las personas tene­mos la capacidad de expresar y eso es lo que puede hacer del teatro una herramienta pode­rosa.

Es por medio del teatro que podemos ir incorporando, ya no solo desde un tipo de in­teligencia cognitiva, sino de­sarrollando varios tipos de inteligencia, a un tipo de per­sona capaz de enfrentarse con su realidad para transformarla porque la ha dejado de pensar, para hacerlo desde la praxis, ya no es solo lo teórico sino lo teórico y lo práctico aunado en acciones concretas.

Cuando este tipo de técnicas, de juegos, porque en el fondo hacer teatro es jugar a ser dife­rentes, se desarrollan en deter­minadas personas, sobre todo en jóvenes, el resultado no deja a nadie indiferente. Cuan­do muchas personas hacemos lo mismo, entonces ya no hay nada en la realidad que no se cuestione, se dejan de acatar las normas por que sí, cuando muchas personas hacemos este proceso, entonces como decía Espartaco “la tierra tiembla”.

jueves, 4 de julio de 2019

Jóvenes, agentes de cambio


Fátima Cevallos, educadora del programa Esfera Jove y Xavier Navarro, responsable del programa Vente Pa’Ka. Fundación Marianao

Las personas vivimos y nos relacio­namos en determinados territorios y contextos, los cuales, en ocasiones, transcienden el hecho de ser única­mente espacios físicos-geográficos y pasan a ser espacios simbólicos en donde se construyen vínculos socia­les y se crea comunidad. Cierto es que, como agentes y recursos socia­les acompañamos procesos de vida y socialización de las personas en sus comunidades, desarrollando accio­nes encaminadas hacia su promo­ción y construcción de comunidades de más calidad relacional.

En esta línea, consideramos impres­cindible, el reconocimiento de la participación y el ocio y tiempo libre como derechos indiscutibles, desde la infancia y la adolescencia. Cree­mos realmente en una adolescencia y juventud activadora de participa­ción real, con capacidad de liderazgo y sensible con la realidad de su en­torno; es por ello que reivindicamos una intervención socioeducativa desde edades tempranas, desde las aulas de los colegios, porque la par­ticipación se aprende y enriquece el currículum escolar; así como, el acompañamiento y soporte al co­lectivo juvenil, en el descubrimiento de su propio proyecto de grupo en su comunidad, en sintonía con sus necesidades y motivaciones perso­nales y sociales.

Así también, una intervención que contemple una mirada global, sin perder la singularidad de cada joven, el cual, lleva a sus espaldas un equi­paje lleno de significativas experien­cias, que le hacen único y especial y en su proceso de construcción de vínculos seguros y sólidos, los cen­tros juveniles de ocio y tiempo libre representan valiosos espacios de re­ferencia, relación y aprendizaje des­de la educación no formal.

A modo de ejemplo, el Programa Esfera Jove, de la Fundación Maria­nao, trabaja por “fortalecer el tejido asociativo juvenil de la comunidad, y su compromiso social, personalizan­do las experiencias participativas y educativas de las y los adolescentes y jóvenes”, a través de la formación en participación, mediante los créditos de participación que se imparten en el instituto y el curso de dinamiza­dores juveniles; el acompañamiento y soporte técnico a jóvenes que for­man parte del vivero de proyectos sociales y el fomento de la autoges­tión de actividades comunitarias en el centro juvenil “lokal9”.

Así como, el Programa de ocio alter­nativo “Vente Pa’ka” en el que son las y los propios jóvenes, quienes crean y desarrollan actividades culturales y deportivas, de ocio saludable, los fines de semana y en horario noctur­no, para los propios jóvenes de su ciu­dad, escuchando sus motivaciones e intereses. Este proceso de liderazgo juvenil, les sitúa como personas ac­tivas que se coorganizan colectiva­mente y son capaces de crear alter­nativas innovadoras (Escape Room, cocina japonesa, salsa “choke”, taller de magia…), en las que participan centenares de participantes.

Cierto es que, existen evidencias científicas que explican como las y los jóvenes, después de pasar por procesos participativos y de lideraz­go juvenil, como es el caso de los centros de ocio y tiempo libre, han visto reforzadas sus competencias intrapersonales e interpersonales, así como desarrollado una humana sensibilidad e implicación en lo que concierne a las cuestiones sociales de su comunidad desde una óptica critica; la adquisición natural de unos valores democráticos, o el refuerzo en sus futuras competencias profe­sionales, entre otras.

Cabe destacar, la importancia de un enfoque interdisciplinar, cuyos agentes compartan una mirada sis­témica de la realidad y trabajen en red, estableciendo sinergias entre la administración pública, recursos técnicos, entidades del tercer sector, ciudadanía…por tal de generar un ecosistema 360º real de aprendizaje.

Finalmente, nos gustaría hacer hin­capié en la necesidad de situar a la infancia y adolescencia en el centro de las políticas públicas; así como en la corresponsabilidad que tenemos como ciudadanas y ciudadanos en la construcción de comunidades más cohesionadas, educativas, justas. To­das y todos somos constructores de oportunidades y humanidad.

viernes, 7 de junio de 2019

La felicidad… una televisión de 47 pulgadas


Héctor Colunga Cabaleiro, director Mar de Niebla-Asturias

Recuerdo aquella noche como si fuera hoy. Estábamos disfrutando de una rica cena en un mexicano de Barcelona. La conversación iba ganando profundidad pseudointelectual entre plato y plato. En ese momento un amigo suelta esa gran perla… “para mí la felicidad es una televisión de 47 pulgadas”. Lejos de parecer una broma, su argumento era expresado con la serenidad de alguien que cree y se cree lo que está diciendo. Ese día me hizo pensar mucho. ¿Cuánta gente puede sentir y vivir la vida soñando con teles de 47 pulgadas?...

Cuando pensamos en la educación, nuestro imaginario colectivo nos lleva directamente a construir una escuela, visualizar un libro de texto o evocar la voz de un profesor o profesora. Pensamos en ecuaciones, capitales del mundo o elementos de la tabla periódica. Queremos que niños, niñas y jóvenes sean los mejores  y sepan mucho para tener un buen empleo y poder comprarse una casa, un coche… ¿y una tele de 47 pulgadas?

A mí me gusta pensar en dónde está el alma y la intencionalidad de las cosas, de los procesos… ¿Dónde está el por qué, el para qué y el cómo? Y me niego a entender la educación como un proceso instrumental que busca generar seres individuales alejados del pensamiento crítico o de un enfoque hacia el bien común.

Quizás lo que en muchas ocasiones nos falte es entender la educación como un gran universo donde deben convivir multiplicidad de agentes, caminos, experiencias y oportunidades. Donde la comunidad juegue un papel referente y no testimonial. Donde se potencie el descubrimiento. Un universo infinito que también fortalezca nuestras competencias colectivas de ciudadanía. El sistema educativo tiene ese gran reto, esa gran tarea y responsabilidad.

Aquí es donde quiero poner de relieve el papel que jugamos las entidades, las asociaciones, fundaciones… la sociedad civil organizada, el tercer sector. Y dentro de todo el tipo de entidades que pueden existir, sobremanera aquellas que tienen base arraigada en el territorio, organizaciones que forman y conforman la realidad comunitaria de su entorno. Es en estos espacios donde se contribuye a vertebrar esas competencias colectivas ciudadanas. Pero veamos algunas.

Uno de los grandes retos que vivimos, y que el sistema educativo debe contribuir a resolver, es la convivencia. El entender y aprender que la diversidad enriquece, fortalece y ayuda a construir respuestas distintas. Vivir en una realidad homogénea no estimula la innovación, la cohesión o la proactividad. ¿Nos suenan algunas de estas palabras?... son factores claves en algo que nos encanta poner en negrita: el emprendimiento. Una cultura (o práctica) que solo se estimula desde la capacidad de acción que tenemos las personas, desde la experimentación, desde la resolución y transformación de aquellas cosas que pensamos se pueden mejorar.

Pero no se trata solo de convivir y tener capacidad de acción, algo que en muchas ocasiones nos sorprende es cómo hemos desaprendido a organizarnos. Tendemos cada vez más a esperar que las soluciones nos vengan dadas, que Google o Amazon nos ofrezcan el producto que nos resolverá todo. Una sociedad debe ser proactiva, y para ello debe entender y vivir con naturalidad la búsqueda de consensos, el trabajo en equipo, la mirada procesual. Debemos querer, poder y saber que se pueden hacer cosas; y para ello se necesita organización.

¿Por qué ocurren las cosas? ¿Por qué se pagan impuestos? ¿Cómo llega una camiseta a la estantería de una tienda? ¿Por qué hay más de un 20 % de personas en riesgo de exclusión y pobreza en nuestro país?... Todo tiene explicación. Todo puede ser respondido. Sin dudas, sin capacidad de replantearse lo que vemos y vivimos, nunca se podrán estimular muchas de las cosas que queremos que niños, niñas y jóvenes hagan en un futuro. Ese pensamiento crítico es vital para no vivir en un matrix manipulado. Es un elemento de protección en una realidad que va tan rápida que no nos permite disfrutar del maravilloso viaje que es la vida.

Estas son solo algunas de las competencias colectivas ciudadanas que desde las entidades día a día intentamos fortalecer. Un pequeño granito de arena a nuestro sistema educativo construido desde la educación no formal. Un trabajo que si se protegiera, potenciara y cuidara seguro que haría entender que la felicidad no es una televisión de 47 pulgadas.

viernes, 3 de mayo de 2019

Imagina




María Victoria García Martín. Educadora Centro Menesiano ZamoraJoven.


Imagina que estás en tu casa y apa­recen dos personas acompañadas por la policía y te dicen que tienes que recoger tus cosas porque te vas a vivir a otro lugar lejos de tu fa­milia. ¿Sientes el pánico o la rabia?

Imagina que vas a vivir a un sitio en el que hay un montón de normas nuevas y en el que tienes que hacer tareas y rutinas que nunca antes habías hecho. ¿Sientes la sensación de confusión?
Imagina que una vez allí te das cuenta de que tienes que vivir con once personas más de edades pa­recidas a las tuyas, y que con algu­nas de ellas no es muy fácil la con­vivencia. ¿Sientes la inseguridad?

Imagina que cada día aparecen adultos que cambian cada ocho horas que te van diciendo lo que tienes que hacer, cómo hacerlo, que te preguntan por tu situa­ción personal, emocional, familiar. ¿Sientes la sensación de invasión de tu intimidad?

Imagina que una persona que no conoces de nada es quien decide a qué personas de tu familia ves, en qué horario y dónde. Además es quién firma de manera legal todos los documentos que te autorizan a realizar actividades lúdicas, forma­tivas, incluso intervenciones sani­tarias. ¿Sientes la impotencia?

Imagina que tienes que ir al médi­co y que tienes que quedarte en el hospital, pero, como tu familia no está autorizada a visitarte, te ves en la obligación de explicar a todo el personal y a tu compañera de habitación que esas personas que están contigo no son de tu familia. ¿Sientes la soledad y el desarraigo?

Imagina que pasan tres años, que a pesar de todas las dificultades que has tenido para adaptarte a este nuevo sistema, lo has logrado: has adquirido las rutinas y la normativa del lugar donde vives, has aprendi­do a lidiar con las particularidades y rarezas de todas las personas con las que convives (iguales y adultos), has superado que en clase te miren como un bicho raro por vivir en ese sitio, o que lo hagan con pena o culpándote de tu situación. Has conseguido vencer el miedo y has hablado con una persona que te ha ayudado a ver de otro modo los sucesos de tu vida que han hecho que te separasen de tu familia. In­cluso podrías decir que te encuen­tras en una buena etapa de tu vida. ¿Sientes la tranquilidad y satisfac­ción personal?

Ahora imagina que te dicen que ya no puedes estar más en ese si­tio, que se ha acabado el tiempo para permanecer allí. No puedes volver a tu casa porque ahora ya sabes que no es lo que te convie­ne, pero tampoco tienes trabajo ni solvencia económica para ser independiente. ¿Sientes el vértigo ante este abismo?

Imagina que todo esto ha sucedi­do por haber sido tutelada por el sistema de protección de menores, sin ser culpable de nada, a pesar de que en varias ocasiones te ha­yan tratado injustamente, hacién­dote dudar si tu rol es de víctima o de verdugo. En cambio, las per­sonas que te han hecho daño a lo largo de tu infancia siguen con sus vidas con total normalidad. Sin embargo, tú has modificado todo tu mundo en uno de los periodos evolutivos más críticos. ¿Sientes la sensación de tremenda injusticia?

Para terminar, imagina que tienes la capacidad de hacer que el trato que reciben estos menores de tu persona, sea cual sea tu campo de acción, sea empático, respetuoso y delicado. Imagina que tienes el po­der y el interés genuino de trans­formar un poco su realidad. ¿Sien­tes la motivación y la sensación de poder que reside en tu persona?

viernes, 5 de abril de 2019

Hablemos de coeducación


María Ruiz Chueca. Mentora de adolescentes en riesgo en Espacio Ariadna. FAIM.

La igualdad entre hombres y mujeres ha sido, y sigue siendo una preocupación dentro del sistema educativo. Esto ha hecho que cada vez más centros traten de buscar un hueco para trabajar la igualdad de género en las aulas y avanzar poco a poco hacia la coeducación real. Es además un tema que tiene un alto impacto social, como pudimos comprobar en la manifestación del 8 de marzo de este año y del pasado año 2018, cuando las calles se tiñeron de morado.

Por todo ello, los y las profesionales de la educación debemos plantearnos cómo trabajar para que la equidad sea real y no se quede sólo en el papel. Para conseguirlo, es esencial que seamos conscientes de los avances de los derechos de la mujer alcanzados hasta la fecha, además de ponerlos en valor, ya que posibilitan, entre otras cosas, que yo esté escribiendo esto hoy.

Si nos referimos a los cambios sociales, es interesante saber, por ejemplo, que en 1872 se matriculó la primera mujer en la Universidad, pero que hasta 1910 no se permitió el acceso a la universidad de las mujeres sin un permiso especial de las autoridades académicas.

Si hablamos desde el punto de vista legislativo, desde la aprobación de la Ley General de Educación en 1970, ésta es un derecho gratuito, con currículos iguales para hombres y mujeres. Sin embargo, hoy en día, las leyes de educación no son ni siquiera del todo inclusivas en este aspecto, como demuestran informes nacionales y europeos (Véase por ejemplo, el análisis de la CEDAW sobre la coeducación en la LOMCE).

Desde los Equipos y Departamentos de Orientación tenemos mucho que decir al respecto y debemos trabajar de manera conjunta y en la misma dirección que el equipo docente. Hoy en día, en la mayoría de los centros educativos se interviene por programas, lo que permite trabajar diferentes áreas que promuevan el desarrollo integral del alumnado. Los y las docentes ya no son poseedores absolutos del conocimiento, cuyo papel es instruir al alumnado, sino que se avanza hacia un modelo educativo en el que guíen a los alumnos y las alumnas en su propio aprendizaje. Pero, ¿pasa lo mismo con los valores como la igualdad de género? Desde las leyes de educación, se trata de promover entre el alumnado el pensamiento crítico y los valores sociales y cívicos necesarios para el avance social. Pero hay algo que falla cuando las cifras de violencia de entre ellos mismos, con la pareja y en el entorno familiar no descienden.

Deberíamos centrarnos en la coeducación como un modelo que nos haga avanzar en ese sentido, yendo más allá de reflexiones puntuales sobre la igualdad en días concretos, como el 8 de marzo o el 25 de noviembre. ¿Sabéis que la presencia de mujeres en los libros de texto es de un 12,8%? ¿Os habéis fijado en que las ilustraciones de los libros de texto siguen reproduciendo los roles tradicionales de género? ¿o incluso que el patio está distribuido de manera que el campo de fútbol, normalmente sitio habitual de juego para los niños, está situado en el centro de los recreos?

Me gustaría aprovechar este espacio para animar a los y las profesionales de la educación a formarse en la educación inclusiva, compartir nuevas maneras de intervenir y tratar de promover en los centros, no sólo programas de igualdad sino también, una nueva manera de educar, en la que los alumnos y las alumnas tengan las mismas oportunidades independientemente de su género.

viernes, 8 de marzo de 2019

La Educación Sexual cuando toque, no cuando yo quiera

Violeta Assiego, analista e investigadora social.


Nadie cuestiona la idea de que las niñas, niños y adolescentes tengan derechos. Sin embargo, existe una impresión generalizada y equivocada de cómo deben disfrutar de ellos.  Por ejemplo, la labor educativa y de acompañamiento suele centrarse en los aprendizajes y las habilidades, olvidando (casi por completo) el que posiblemente sea uno de los derechos más importantes de los que tenemos, también durante la infancia y la adolescencia: el derecho a ser escuchado.

Este va más allá de la participación, ahora tan de moda, que anima y permite a las niñas, niños y adolescentes (normalmente en asambleas y otros espacios grupales) a debatir y hablar sobre asuntos que les preocupan o que los adultos creemos que deben preocuparles. Un modelo de participación un tanto condescendiente, poco preparado para el debate, el conflicto y la asimetría, y en el que los adultos ‘dirigimos’ la participación de forma que podamos cumplir la planificación o responder a los objetivos del programa.

Creemos de esta forma, falsamente, que estamos dando voz a las niñas, niños y adolescentes y que expresando sus opiniones libremente cuando nosotros les dejamos estamos explorando suficientemente las cosas que les afectan y experimentan. Pero, al igual que nos pasa a nosotros, cuando algo nos afecta tiene que ser muy grande o grave para contarlo en el espacio habilitado, estructurado y preparado a tal efecto. Las “opiniones expresadas libremente” fluyen, normalmente, de forma espontánea, algo que, depende de dónde y cuando, tendemos a interpretar como impertinente o inoportuno, fuera de lugar.

El derecho a ser escuchado y la participación de la infancia y la adolescencia no es tal, si (en definitiva) terminamos nosotros diciendo lo que puede o no decirse y en qué espacios. A las niñas, niños y adolescentes les pasan cosas, continuamente; cosas que nos desbordan y que ellos no saben bien cómo aprender ni encajar, cosas que no siempre se solucionan mandándoles a una atención especializada e individual, medicándoles para calmar la ansiedad o apartándoles para que no interrumpan el ritmo grupal. A las niñas, niños y adolescentes les pasan cosas y terminarán por averiguar cómo hacerles frente bien a través de sus grupos de WhatsApp, de los youtubers o de las referencias adultas que tengan más cerca (unas veces admiradas y otras temidas).

No puede extrañarnos, por tanto, que –si ni nosotros sabemos qué hacer ni qué es eso del derecho a ser escuchado en los espacios donde trabajamos– las niñas, niños y adolescente, más allá de contar cosas cuando nosotros les decimos que pueden hacerlo, necesiten explorar y dar respuesta a sus emociones y experiencias, encontrar caminos, y alternativas que les ayuden a canalizarlos más allá de ‘nuestros’ espacios de participación.

Las niñas, niños y adolescentes hablan, sienten y piensan estemos nosotros o no, es más, a medida que crecen, suelen hacerlo con más naturalidad y sinceridad cuando nos estamos delante.

Sin embargo, en algunos temas, escucharlos es imprescindible no solo importante. Uno de esos asuntos clave para su desarrollo es la educación sexual, una de las demandas clásicas de las organizaciones de infancia no solo para educar sino para luchar contra la violencia de género y sexual.

Pero ¿cómo hablar de sexo y sexualidad cuando ese sigue siendo un tema delicado y complejo también entre nosotras y nosotros? Resulta este uno de los mejores ejemplos de cómo algo solo se aborda cuando el adulto está preparado para hablarlo. Sin embargo, el derecho a ser escuchado, también en la infancia y adolescencia, se ejerce cuando algo te afecta no cuando el otro siente que no le va a suponer un problema.

En este sentido, resulta aconsejable y muy ilustrativa la serie ‘Sex Education’ que se puede ver en Neftlix. Con mucho humor, pero a la vez fiel a la realidad,  muestra como (de principio a fin) es entre los propios adolescentes cómo se tejen las respuestas a las dudas y problemas sexuales que tienen que afrontar, porque los cambios hormonales y el deseo sexual no pueden esperar a que los adultos tengamos un rato para hablar.

La única pega que tiene la serie es que la situación que plantea es idílica y que la probabilidad de que entre un grupo de adolescentes exista uno como el protagonista es muy escasa. Sin embargo, el resto del planteamiento, absolutamente desprejuiciado es ejemplar. Es más, la serie por sí misma podría servir para canalizar la responsabilidad adulta de escuchar y hablar de un tema que, inexplicable y patológicamente, suele incomodar. Posiblemente, porque ni nosotros mismos sabemos lo suficiente cómo para transmitir que la sexualidad, siempre desde el consentimiento y la libertad, es uno de los espacios donde más podemos disfrutar. Solo aceptar esto en público puede ser interpretado como ofensivo, porque el sexo sigue siendo un tabú, aunque la violencia sexual esté dejándolo de ser. Pero esta solo se podrá atacar de raíz si logramos aceptar que necesitamos, todas y todos, más educación sexual.