viernes, 8 de octubre de 2021

Restableciendo la autoridad parental

ODS 4: Educación de calidad

Víctor Manuel Pérez Vega, trabajador social, terapeuta familiar y de pareja y Jesús Alberto Vélez Valle, psicólogo. Fundación Pioneros.

En muchas ocasiones nos encontramos con sentimientos de culpa y vergüenza expresados por madres y padres que viven una situación conflictiva con sus hijos e hijas adolescentes. 

En las entrevistas que realizamos a las familias en el programa Re-Encuentro de Fundación Pioneros, nos exponen que ya no saben qué hacer, que se sienten malos padres y malas madres, que están a punto de “tirar la toalla” en la educación de sus hijos e hijas y nos preguntan qué pueden hacer para mejorar las cosas. 

Surge en este momento una oportunidad de plantear un nuevo marco de relación en la familia que permita identificar, integrar y exteriorizar estos    sentimientos “prohibidos” para entender mejor sus relaciones. 

Transformar la queja sobre el problema en una demanda familiar conjunta en la que cada miembro del sistema familiar asuma su propia responsabilidad, interesándose por el estilo educonormativo de los progenitores (AUTORIDAD PARENTAL) que junto a la nutrición emocional constituyen los dos pilares básicos desde donde se puede ofrecer una base segura en la crianza y educación de hijos e hijas. Estos progenitores no se perciben como tales y los hijos tampoco los perciben como padres. Los padres y las madres sienten que han perdido la autoridad y los jóvenes e infantes no la respetan. 

¿Entonces cómo pueden padres y madres ir recuperando la autoridad parental? 
Cuando hablamos de recuperar la autoridad no nos referimos al concepto antiguo de autoridad que denota lejanía, distancia entre progenitores e hijos, control absoluto y obediencia ciega sobre los infantes que tienen que obedecer. Una autoridad donde los padres y madres están por encima de los hijos e hijas sin aceptar críticas de forma rígida, donde se identifica al niño bien criado con el obediente y donde la punición tiene que ser inmediata para que responda desde la obediencia total. 

Hablamos de una autoridad que se base en la cercanía y en la presencia, donde padres y madres tienen la experiencia de que existen y tienen más peso en la familia como progenitores y los infantes tienen la experiencia de que tienen padres. 

Es la autoridad mantenida por la actitud decidida de los progenitores que expresan que todo lo que le pasa a mi hijo o hija me interesa cuando todo va bien y especialmente cuando las cosas se complican. 

Es una autoridad que no es invasiva y que sí respeta la individualidad del niño. Pero cuando las cosas van mal hay una vigilancia más decidida y cercana focalizada en las señales de problemas o más protectora cuando se necesita protección. 

Es una autoridad que se basa en el auto-control y no en el control sobre otra persona. Donde los padres envían el mensaje de que tenemos el control sobre lo que hacemos y si tengo que protegerte iré a buscarte cuando no llegues a casa. De esta forma se ganan el respeto del otro. 

Es una autoridad no principalmente piramidal y jerárquica, sino más bien es una autoridad reforzada y sostenida por la red de apoyo (familia extensa, amistades, escuela, etc.). 

Es una autoridad donde se cambian los mensajes que se envían a los hijos e hijas: de “tú harás lo que yo digo” a “nosotros haremos lo que decimos”; no a la punición inmediata y sí a la persistencia, paciencia y tiempo, se toman las decisiones cuando las cosas se hayan calmado y no hay que vencer al niño o niña y sí que hay que persistir.

Es una autoridad basada en la creación de un marco de relación positivo entre toda la familia, donde todos y todas se aceptan de forma incondicional generando en los hijos e hijas la percepción de que sus progenitores son una base segura desde donde pueden salir a explorar el exterior porque pueden volver. Los padres y madres se anclan en su función parental estabilizando al hijo o hija ante sus conflictos o conductas de riesgo.

El efecto de esta nueva autoridad recuperada por los progenitores  es doble: experimentan que son competentes y que están presentes en las vidas de sus hijos e hijas (se refuerza su rol de autoridad) y los infantes perciben a los padres y madres presentes en sus vidas de forma positiva ya que pueden recurrir a ellos en todo momento pero especialmente cuando las cosas van mal. 

No es una tarea fácil ni sencilla, tampoco una respuesta estándar ya que cada familia constituye un marco de relación propio y particular. Es una propuesta para asumir la presencia parental en la apasionante y, a veces, compleja labor de educar, proteger y guiar a sus hijos e hijas.

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